Elegir es rechazar; escoger algo, prescindir del resto de opciones. Es una realidad básica incuestionable. Cuando escogemos una opción ante cualquier disyuntiva que nos presenta la vida, rechazamos las alternativas. Siempre es así. Y cuando «coqueteamos» con alguna alternativa estamos rechazando la elección inicial. Básico, ¿verdad? Pues curiosamente la experiencia nos demuestra que en muchas ocasiones nuestra conducta es ajena a esta realidad. Misterios de la condición humana…
A veces «jugamos» a ser dioses y vivimos como si pudiéramos hacerlo todo, sin reparar en nuestras insalvables limitaciones físicas y en nuestros deberes morales. Deberes morales –perdonadme el inciso- que velan por la felicidad del individuo, y deberes que no son fruto del consenso social: Misterio que ha llevado a muchos a creer en Dios. Cuando hacemos todo como si fuésemos dioses la caída es insalvable –e inminente-, y el bofetón al estrellarse ante el muro –que se creía inexistente, o a lo sumo esquivable- de nuestras limitaciones produce el amargo sabor del que se creía una persona capaz de todo y ha destapado el velo que escondía su miseria y poquedad. Es esto lo que ocurre cuando nos creemos dioses.
Cuando nos sabemos humanos la cosa cambia radicalmente. Sabes que si quieres perpetuar en el tiempo una decisión –quizá por toda tu vida- debes ser cauteloso y prudente con las alternativas. En el momento en el que miras una alternativa, estás dejando de contemplar esa elección que tiempo atrás descubriste como un bien mayor (o el Bien Mayor). Para ello, nos podemos ver obligados a renunciar a ciertos bienes, porque son incompatibles con ese bien mayor que queremos conservar. Sí señores, a veces hay que renunciar a bienes. Una conducta así parece incomprensible para algunos, pues la ven propia de escrupulosos puritanos que parecen de otro siglo, y más en una sociedad en la que te intentan hacer creer que eres un dios, y que tu «divina» voluntad queda coartada sólo cuando ésta choca con la del resto de pequeños dioses que te rodean; pero no es así. Siempre debes renunciar a cosas para no dejar escapar aquello que amas. Y es entonces, al hacerlo por aquello que amas, cuando esas renuncias dejan de ser renuncias, y pasan a ser afirmaciones, porque las haces porque quieres continuar amando ese bien. Aquel que prescinda de esta realidad, que recuerde que el bofetón es inminente; y, aunque pocos, hay bofetones de los que es sumamente difícil levantarse…
Como se ha visto, hablo en el fondo de la virtud de la lealtad, del mantenimiento de los compromisos. Como en toda virtud, es arduo el camino hasta aplicarla a la conducta propia, pero muy gratificante vivirla, y en este caso, indispensable para vivir en sociedad. No es pequeño ni superficial el problema que nuestra sociedad padece con los divorcios, y, en el fondo, con todo lo que exija compromiso, por mínimo que sea. Es como si muchos se casasen bajo la cláusula “hasta que el sentimiento nos acompañe”. Y así, lo que dura el sentimiento, es lo que dura la unión física… pero el matrimonio – ¡que no se olvide!- es para toda la vida. Esto ocurre con el matrimonio o con cualquier otro compromiso del rango que sea; esa cláusula se ha introducido como un virus en el modo de ver los compromisos del ciudadano medio: “hasta que el sentimiento me acompañe…” Y es así como la sociedad llega al punto en el que estamos, que se deshace poco a poco desde su unión más fundamental, que es la familia.
Miguel Fernández de Castro Ruz.