
Medida de la Virgen del Pilar
Este artículo lo escribo gracias a un amigo, que tras una conversación con él me hizo ver que son muchos los que no logran distinguir entre nacionalismo y patriotismo, pese a que él no está incluido en este numeroso grupo. Creo que no exagero cuando digo que «son muchos» los que no distinguen, pues compruebo con cierta periodicidad cómo hay gente capaz de gritar «facha» al ver una simple medida del Pilar –la imagen del margen- atada a un asa de mi mochila. Así está el patio.
Como bien explica C.S. Lewis, en su libro Los cuatro amores, al amor a la patria, cuando se convierte en un dios se vuelve un demonio. Es muy cierto que cuando la patria es «idolatrada» ese «patriotismo» deja de serlo y pasa a ser un nacionalismo que llega a justificar unos males injustificables. Pero sólo cuando la patria es idolatrada, y es llevado al extremo el patriotismo. Como bien reza el proverbio latino: In medio virtus. La virtud está en el medio. Y el patriotismo no es el extremo, es el medio. El extremo es el nacionalismo.
El patriotismo tiene un elemento entendido como amor a las costumbres del lugar donde nacimos o vivimos. Es decir, ese cariño a las fiestas populares, a la gente, las tradiciones; a todo lo característico y peculiar del lugar. Este patriotismo no puede –se ve claro- ser malo ni agresivo; sólo será agresivo cuando tenga que proteger aquello que ama. Ese amor a la cultura propia no conlleva en absoluto a «discriminar» a las culturas distintas. Es decir: este amor no puede ser reprochado en nada, pues no tiene nada malo.
El segundo elemento sería esa actitud ante el pasado de nuestro país. Ese pasado que nos impone unas obligaciones y que nos da seguridad. Lewis habla ahí de las leyendas heroicas, de las hazañas de antaño; y asegura muy acertadamente: ¿Quién podrá condenar algo capaz de hacer que mucha gente, en muchos momentos importantes, se comporte mejor de lo que hubiera podido hacerlo sin esa ayuda? Advierte que hay que tomarse esas gestas como anécdotas; no como historia que justifica nuestro pasado. Esta faceta del patriotismo llega al extremo -nacionalismo- cuando se mira al resto de países con superioridad, con actitud altiva, pensando que las hazañas del pasado propio han sido mejores que las de los demás países. No es así; todo país tiene sus glorias.
Por último, es preciso recordar que no amamos nuestro país porque es importante, sino porque es nuestro. El amor no está sometido a éxitos ni resultados. Una madre quiere a su hijo independientemente de las calificaciones que obtenga en el colegio, sea más guapo o más feo, da igual. Nosotros; igual. Si yo me sintiera español por el éxito y la importancia de España, no veríais arriba la bandera de España como imagen del blog, es porque nací aquí.
Los que hablan de «fachas» son unos pobres ignorantes -«facha» es el despectivo de fascista, no sé qué tiene que ver el fascismo con la bandera española- que no quieren amar a su país, y no nos respetan a los que lo amamos. Renegar del país propio es algo que jamás entenderé, pues son tus raíces, tus orígenes. Un individuo no nace sólo; es hijo de alguien y ha nacido en un lugar concreto. Pero, incomprensiblemente, hay gente que reniega de ello. No se dan cuenta de que lo normal es amar el lugar en el que vives, y no odiarlo.
Miguel Fernández de Castro Ruz.