generaciondel92

Sociedad

OBSEQUIO ENTRAÑABLE A SUS MAJESTADES

Al final del acto de entrega de los Premios Rey de España de periodismo que otorga la agencia Efe, al ser clausurado el acto sin haber informado previamente a Sus Majestades se cantó el Aleluya del Mesías de Haëndel. Los solistas y el coro estaban entre el público asistiendo al acto y poco a poco se levantaban e incorporaban a la sensacional melodía. Este año la sorpresa tradicional de la agencia Efe ha sido verdaderamente entrañable. Lo calificaría, si se me permite como un verdadero acierto.

 MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES

Parece que ahora está de moda ser laicista, y algunos se empeñan en imponerlo. Hablan de respeto, pero se dedican a hacer barbaridades alrededor del altar. ¿Cómo se puede ir por ahí pidiendo respeto mientras se falta el respeto a los demás? ¡Menos hablar de respeto y más respetar! Ya podrían aplicarse ellos el cuento…

Muchos estuvimos el jueves 24 de mayo en la Capilla de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia. Yo me enteré por el periódico y fui con unos amigos allí, a rezar, para que se viese que no todos los universitarios pensamos como ellos. Cuando llegamos nuestra sorpresa fue máxima. Mediante el boca a boca y las redes sociales habíamos aparecido frente a la puerta cerrada de la capilla un centenar de jóvenes para pedir que se respetasen nuestras creencias. Por el contrario, los manifestantes (a los que pronto comenzamos a llamar minifestantes) no eran más que ocho personas, y además, a tres de ellos les faltó tiempo para irse a casa tras dar por fracasada su intención.

Conclusión: mucho ruido y pocas nueces.

Miguel Fernández de Castro Ruz,

Valencia.

 

EL MAL EJEMPLO

La adolescencia es ese período en el que tenemos por delante toda una vida por esculpir. Es en esta pequeña franja de nuestra vida cuando forjamos de manera más honda nuestra personalidad y nuestros gustos, y cuando empezamos a entrever lo que esperamos de la vida, o (a un nivel más profundo) lo que espera la vida de nosotros.
En este puente entre la infancia y la madurez es común un vacío de identidad. Esta carencia de personalidad se suele resolver mirando al exterior, y adoptando como propias las conductas ajenas. Aquí entra de manera crucial el ejemplo.
Si, como es el caso actual, los modelos son aquellos que van contra las normas, engañan a sus padres, presumen de sus vicios, no estudian, evaden sus responsabilidades, etc., los adolescentes tomarán esta conducta que tienen la mayoría de personajes del mundo del espectáculo como referencia a seguir para alcanzar la felicidad, que se muestra tras el éxito. Claro que, esa “felicidad”, no deja de ser artificial y fingida para una cámara televisiva, y por ello es falsa e inalcanzable por este camino.
Aunque mi perspectiva es corta, logro percatarme de que los jóvenes como yo hemos recibido una insistente propaganda a través de los medios de comunicación y de la enseñanza pública. La propaganda no puede ser más vieja: “Carpe Diem”. Ésta breve frase, que sintetiza tan bien todo un modo de ver la vida parece ser el lema que tienen muchos de los que influyen en la sociedad. A los jóvenes de hoy ésta propaganda nos ha calado hasta los tuétanos. La mayoría de los jóvenes (de éste grupo de jóvenes ya me excluyo y hablo en tercera persona) no tienen ideales, y no darían la vida por nada. Hay una frase que alguna vez he oído pero que nunca he sabido de quién es: “Si no hay algo por lo que vale la pena morir, no vale la pena vivir.” Si lo que se le inculca a un adolescente en todo momento es una búsqueda desenfrenada del placer y la comodidad en la que casi todo vale por conseguirlo, ¿Qué se les podrá pedir en un futuro, si nunca se les ha exigido nada, si ha obtenido todo sin esfuerzo? Además con esta visión tan materialista la mayoría de las cosas que merecen la pena ser vividas carecen de todo valor. Así, el trabajo es simplemente un sufrimiento por el que hay que pasar para poder obtener dinero y poder vivir lo más cómodamente posible. Para una persona así, ¿qué sentido tienen valores como la honradez?

Miguel Fernández de Castro Ruz,
Valencia.

LA LACRA DE TODA UNA SOCIEDAD

Aún no he conseguido borrar de mi retina la triste imagen de cuatro señoras ministras celebrando la entonces nueva ley del aborto. El haber visto esta imagen me ha hecho plantearme el motivo por el cual hemos podido llegar a algo así, hasta el punto de celebrar una ley tan sumamente trágica como esta. ¿Bajo qué excusa se puede justificar la aniquilación de una vida humana en su momento más indefenso? ¿Cómo podemos justificarnos de tan inhumano crimen?
Soy joven, y por lo tanto aún me queda mucho por aprender, pero hay algo que tengo muy claro por experiencia personal y porque es fácil de observar en la historia: Todos los grandes problemas acaban siendo grandes por no querer reconocer en su momento que se ha cometido un error.
En mayo del 68 comenzó lo que parecía la liberación del hombre. Bajo lemas tan famosos como “Paz y amor” (eslogan que se presenta muy apetecible), “Prohibido prohibir” o “No pises la hierba; fúmatela” estallaba una revolución social, que era también una revolución sexual. Bajo apariencia de libertad, los jóvenes de entonces revindicaban que nadie tiene que decirles cómo hacer las cosas, y menos aún cómo usar la sexualidad.
Desde entonces se nos ha presentado la sexualidad como un juguete que puedo usar cómo y cuando quiera. A los jóvenes de hoy se nos vende una sexualidad banalizada, que se muestra sólo como camino que lleva al placer. Esta visión está extendida hasta tal punto que una opinión distinta llega a provocar la risa de un compañero de clase (si éste es indulgente contigo), o su indignación que le lleva a llamarte retrógrado o conservador.
En todo este período la gente va experimentando que el gran invento profiláctico del inglés Condom no es la panacea, y a veces no es eficaz. Algunas personas que vivían en el mundo de los yuppies se encuentran esperando un niño cuando no es precisamente lo que buscaban. Con situaciones como estas podríamos plantearnos si este modo tan irresponsable de vivir la sexualidad es el correcto o no. Podríamos reconocer que nos hemos equivocado, que un uso irresponsable de la sexualidad no nos libera, nos esclaviza.
Es así como, a mi modo de ver, empieza todo el negocio del aborto. Me parece que con un poco de visión histórica se puede observar que el aborto surge como la solución al problema. Se llega a esto en un afán de no querer reconocer el valor y la trascendencia de la sexualidad, porque lógicamente es más cómodo vivirla sin responsabilidad. Así, en vez de purgar el verdadero foco de infección y el verdadero problema, que es el vivir mal la sexualidad, se buscan soluciones alternativas: todo menos reconocer que nos hemos equivocado.
Si verdaderamente la ley del aborto ha sido consecuencia de la preocupación de las señoras ministras no entiendo entonces el motivo por el cual no ayudan un poco con la educación. Es fácil de observar que las cosas que nos están metiendo en educación no hacen otra cosa que fomentar (con perdón) el puterío entre los jóvenes. Aunque esto sea un poco fuerte, van fomentando de manera indirecta que las adolescentes se queden embarazadas hablándoles de una sexualidad que ellas pueden disfrutar sin ningún tipo de compromiso. ¿Acaso no es contradictorio y falso?
Hay una idea que ya he leído a más de un pensador español de prestigio; y es que dentro de muchos años saldremos en los libros de historia como aquellos que, cegados por el egoísmo y el placer, no supieron ni siquiera reconocer a sus propios hijos.

Miguel Fernández de Castro Ruz,
Valencia.

 

ASÍ NO ES COMO SE CONSIGUE EL RESPETO

A principios de curso tuvo lugar en Valencia un certamen de gays y lesbianas con la finalidad de “fomentar el respeto a la diversidad”, según indicó su propio director. No creo que la mejor solución para ganarse el respeto de la gente sea hacer un festival de cine gay. Creo que para alcanzar este fin podrían empezar por no salir desnudos o semidesnudos por la calle en carrozas el día del orgullo gay, como hacen en algunas ciudades de nuestra geografía. El victimismo de este colectivo con lo del respeto empieza a ser, a mi parecer, un tanto exagerado. En estos últimos años han ido atribuyéndose una serie de “derechos” por que sí. Ahora, a la unión de dos individuos del mismo sexo se le llama matrimonio, aunque no lo sea. También le han dado derecho a adoptar. Además, lo más gracioso de todo es que, si discrepas en alguno de estos temas se te llama irrespetuoso, intolerante y si te descuidas, también fascista.
Por supuesto, los homosexuales se merecen todo el respeto del mundo, por que son personas como el resto, faltaría menos. Pero esto no quita que sea una aberración la unión de dos individuos del mismo sexo, por mucho que lo muestren en pantalla grande, comiendo palomitas y con mucha naturalidad.

Miguel Fernández de Castro Ruz,
Valencia.

HABLEMOS CON PROPIEDAD

Una de las muchas espinas que tengo clavada y que más me molesta actualmente es la de la manipulación del lenguaje en el mundo de la política. Aunque este tema da para mucho, quiero empezar por algo claramente contradictorio: el “matrimonio” homosexual.
La palabra matrimonio, según el diccionario de la Real Academia Española de la lengua, significa lo siguiente: “unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales” Además, no hace falta ser filólogo para darse cuenta de que guarda gran relación con la palabra “mater” (del latín, madre). Con ésto quiero aclarar que una unión de dos personas del mismo sexo en ningún caso puede llamarse matrimonio. Creo que todo el mundo debería reconocer que no tiene sentido alguno utilizar la palabra matrimonio para esta unión. Es de sentido común, aunque como dijo H. Greele: “el sentido común es el menos común de los sentidos”.

Miguel Fernández de Castro Ruz,

Valencia.

Arturo Pérez‑Reverte

 

Por Madrid y con sombrero

 

 

Hace casi veinte años que, a menudo, uso sombrero para vestir. Como decían mi abue­lo y mi padre, tiene la ventaja de, poder quitártelo cuando entras bajo techo, o delante de las seño­ras. Recurro a los clásicos de fieltro, azul oscuro, marrón o gris, los días fríos de invierno. Bajo la lluvia los uso de gabar­dina, y de panamá en verano, cuando el sol pega fuerte. En ciudad siempre con chaqueta, naturalmente. La chaqueta vera­niega acabó convirtiéndose en hábito: una especie de disciplina personal. Pocas veces, por lugares civilizados, en mangas de camisa. A todo se acostumbra uno. La única pega es que, cuando estoy comprando películas en El Corte Inglés, me confunden con un dependiente y me piden Los bingueros de Pajares y Esteso. Fuera de eso, lo de la chaqueta es muy llevadero. Algún amigo me pregunta si no estaría más cómodo sin ella. Yo respondo que sí, que lo estaría. Pero no veo por qué diablos necesitaría estar más cómodo. También es cómodo ir en calzoncillos y chanclas por la calle, rascándose los hue­vos, y no lo hago.

Volviendo al sombrero, el otro día un librero de la cuesta Moyano me dio que pensar. Vestía yo chaqueta azul oscuro, pantalón chino beige, zapatos de ante marrones y panamá, y me interpeló: «¿A dónde vas con sombrero, llamando la atención?». Respondí que estaba dando un paseo, y manifesté mi extrañeza ante el hecho singular de que le llamase la atención un panamá de toda la vida, comprado como cada primavera en La Favorita, mi sombrerería habitual de la Plaza Mayor. Y más cuando él mismo llevaba una gorra de vivos colores de gua­camayo con visera de un palmo. «Porque no creo ‑añadí‑ que vengas de jugar al béisbol». Seguí camino, pero aquello me dejó pensativo. Continué pensándolo mientras paseaba, mirando alrededor. El verano estaba en todo lo suyo, Madrid hervía de gente, y era buen momento para digerir el comentario. Así que me puse a ello.

Según aquel librero, yo llamaba la aten­ción porque iba en verano con chaqueta y sombrero de panamá. Miré alrededor, intentando confirmarlo. A ver quién más da el cante, me dije. Comprobemos mi calidad de garbanzo negro obser­vando qué otros transeúntes atraen la atención por lo insólito de su aspecto o indumento, prendas de cabeza incluidas. Pero todo parecía normal: el hormiguero urbano circulaba apacible. Nadie parecía sorprenderse de sus semejantes. Yo era quien llamaba la atención, según el capullo en flor del librero; pero el resto de la humanidad se vestía con desconcertante aplomo. Registré unas cuantas muestras al azar: un fulano de ciento veinte kilos, o así, con el que me crucé en la calle Arenal, vestía camiseta de tirantes, bañador de flores y chanclas de goma que le daban aspecto de paquidermo informal. También se cubría con un sombrero parecido al mío; pero todo el mundo pasaba cerca sin echarle ni siquiera una mirada de soslayo. -¿En qué he fallado?, pensé inquieto, estudiándolo de arriba abajo-. Algo más allá me cruce con una pareja natural como la vida misma: nadie volvía la cabeza a mirarlos, ni se daba con el codo, pese a que el individuo llevaba piercings en la nariz y en las cejas, pantalón corto de camuflaje con bolsillos enormes y un sombrero de jungla de alas anchas muy arrugado, y su legítima ‑una morsa a la que rebosaban de la camiseta ceñida dos ubres y varias lorzas de sudoroso tocino­- lucía sombrero vaquero, botas de pitufo hasta media pierna con treinta y dos gra­dos a la sombra, y llevaba todo el brazo izquierdo tatuado con motivos satánicos. Junto a la plaza de Oriente vi a dos asiá­ticos con sombreros de eso mismo, o sea, asiáticos: redondos, anchos y de paja, apropiadísimos para recolectar arroz en el delta del Mekong o en cualquier otro delta. Pero ni los miraban. De vuelta, cerca del arco de San Ginés, me crucé con un pavo desnudo de cintura para arriba que iba tocado con un sombrero mejicano de color rojo. Y, pasada la chocolatería, le pisé inadvertidamente el muñón a un mendigo que estaba tirado ocupando toda la acera ‑me insultó muy suelto, en len­gua eslava‑, y que llevaba una camiseta de la universidad de Harvard, un cartel con la frase “Tengo ambre y 5 ijos”, y se tocaba con un sombrero negro de ala corta, tipo gangster años 60, como los que lucía Frank Sinatra cuando cantaba A mi manera. Resumiendo: ninguno de ellos llamaba la atención. Vestían como lo más normal del mundo.

Meditando ésa y otras maravillas llegué a la plaza Mayor, donde me encontré con otro amigo que trabaja en el Ayuntamien­to. «¿Dónde vas con gorro?», me pregun­tó. Lo miré cinco segundos en silencio. Luego dije: «Gorro es el que les pusieron a tus abuelos cuando los quemaron en esta misma plaza. Cabrón». Y mientras se quedaba descifrando el asunto, fui al bar Andaluz y pedí una cerveza.

 

 XISEMANAL 29 DE AGOSTO DE ‑2010

 

He colgado este artículo porque yo, personalmente, tengo una espina clavada con las modas y la indumentaria. He de reconocer que me sentí muy identificado con Arturo Pérez Reverte cuando lo leí. En la universidad destacas y “das el cante” si llevas camisa, y ya ni te cuento si ésta la llevas por dentro del pantalón. En cambio, puedes ir con las pintas propias del que acaba de salir de la cama que no pasa nada. No sólo eso, sino que este último es un tipo cojonudo, porque es espontáneo (parece que ésto es a lo máximo a lo que se aspira hoy en día).

     

UNA PROFESIÓN NO RECONOCIDA

Carta al Director del ABC

Miro a mi alrededor y veo que todos los jóvenes soñamos con destacar, con salir en medios de comunicación por nuestros méritos. Veo que ambicionamos llegar a lo más alto, poniendo cualquier medio que esté en nuestra mano para alcanzar este fin. Es como si la excelencia de una vida se midiera por la fama y la comodidad.

Ahora miro a mi madre, que me educó a mí y a mis siete hermanos (y que nos sigue educando, aunque casi todos vivamos fuera), que cuida de su madre de más de noventa años (que vive con ella) y que al que más cuida, con diferencia es a mi padre. Miro su vida y veo que ha trabajado mucho, mucho más que algunos de los que están en lo más alto. El suyo no es un trabajo remunerado (es ama de casa), pero puedo asegurar que ella ha encontrado la excelencia en lo más cotidiano.

Quiero agradecer la labor escondida –pero fundamental- de las madres de familia, que convierten cuatro paredes en un hogar.

Miguel Fernández de Castro Ruz,

Valencia.

FELIZ NAVIDAD Y FELIZ AÑO

Otro año más se nos ha ido, ante nuestra expectación por la rapidez del tiempo y por la brevedad de la vida. Uno mira hacia atrás, y sin quererlo hace un balance de lo que lleva vivido, ponderando qué cosas no hubiera hecho igual, cuales mejoraría y que decisiones rectificaría si se le pudiese presentar la ocasión.
Lo que está claro es que sólo tenemos una vida, y que todo lo que no hagamos ahora no lo haremos nunca. Aunque ésta pueda parecer una llamada al Carpe diem no lo es en absoluto. Lo que me gustaría transmitir es que en la vida estamos tomando continuamente decisiones. La mayoría de estas decisiones no son de especial transcendencia, pero otras muchas sí que lo son. Lo que todos buscamos al elegir una posibilidad u otra es la felicidad. La felicidad, eso que la sociedad de hoy busca a ciegas en el placer sin plantearse la posibilidad de que esa opción esté errada. Me sorprende y me entristece ver que la mayoría de los universitarios resolvemos todas las disyuntivas que nos salen al encuentro en la vida buscando siempre la opción que nos conceda más comodidad, la que menos nos complique la vida. Una vida así, en la que la máxima aspiración que se tiene es que llegue el fin de semana para salir de fiesta y emborracharse, y en la que la única ilusión por el trabajo es la remuneración económica para poder vivir lo más cómodamente posible, me parece una vida triste, cuanto menos.
Ojalá que dentro de muchos años podamos mirar hacia atrás y sentir la satisfacción de haber vivido una vida que de veras haya merecido la pena.

¡Feliz año!
Miguel Fernández de Castro Ruz

  1. De acuerdo estoy en tomar “la felicidad” como único y principal objetivo de todas las acciones que el hombre realiza. Bien sea saliendo o emborrachándose los fines de semana, todo lo que se hace es buscar de alguna forma esa felicidad que a través de algún método quieres conseguir. Quizás no sea el hecho de emborracharse el que nos lleve a ella, quizás el emborracharnos haga que entablemos esa conversación con personas con las que no habíamos roto el hielo anteriormente, o que pasemos un rato divertido con el compañero de clase al que nunca ves fuera de las aulas, quizás la felicidad la adquiramos a través de ese sentimiento de sociabilidad, siendo conscientes de que tenemos a gente a nuestro alrededor, y de que compartimos amistades y experiencias con amigos. Al fin y al cabo, hay aspiraciones a corto plazo y a largo plazo. Y, ¿por qué renunciar a esas “aspiraciones” a corto plazo?
    Cada uno elegirá su camino equivoca o inequivocamente hacia la felicidad, pero desde luego intentará no renunciar a disfrutar, en la medida de lo posible, el dia a dia mientras viva por y para algo.

    Espero no resulte muy comprometido ni ofensivo el comentario. Al fin y al cabo el debate es bueno, y bueno es también compartir opiniones.

    Un saludo.

  2. Me encanta este blog, porque debemos de dejar de ser manipulables y tener nuestra propia opinon!! un abrazo a los creadores de este blog a ver si nos vemos pronto!!

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